Tras la enésima derrota del Madrid en Alemania (lo de las últimas temporadas fue un espejismo, hemos vuelto por nuestros fueros en el país teutón), permanecí, serio y en silencio, ante el televisor apagado, reflexionando acerca de cómo era posible que este equipo hubiese ganado en el Camp Nou hacía sólo cuatro días. Por supuesto, la actitud defensiva y de compromiso de la BBC había sido diferente, con la consiguiente mejora del rendimiento de los centrocampistas. Pero le daba vueltas a algo más allá de los aspectos tácticos o físicos. Hay un patrón en el conjunto blanco que se repite, una forma de encarar los encuentros que, cada vez más, constituye decepcionante marca de la casa.
El Madrid vive constantemente en el alambre. Depende de los detalles; algo que, en un deporte tan azaroso como el fútbol, supone una suerte de ruleta rusa. No impone con autoridad su juego, sino que sobrevive tratando de aprovechar lo que el partido le ofrece o lo que él, con cuentagotas, es capaz de generar esporádicamente. En Barcelona, su mayor mérito provino de la fortaleza mental: al no venirse abajo cuando las primeras opciones favorables se le escaparon (o le fueron hurtadas), pudo sacar rédito de las siguientes. En Alemania también tuvo posibilidades, pero esta vez no se reflejaron en el marcador. Cristiano estaba, a juicio del árbitro, unos centímetros adelantado, y Benzemá, me parece que ya lesionado, falló un mano a mano y un franco remate de cabeza. En esos quince primeros minutos, la eliminatoria pudo ponerse 0-2, siempre gracias a los detalles.
Pero otro detalle cambió la leve inercia que el Madrid había impuesto. Una jugada por la banda izquierda terminó con Casemiro entrando como un elefante en la cacharrería. Fue penalti más por falta de sutileza que por otra cosa. El Wolfsburgo se encontraba con un gol de ventaja gracias a una situación aislada. Una contrariedad, sin duda, pero tampoco una tragedia, a priori. Simplemente, un detalle. Oh, cielos.
Es triste que algo tan nimio pueda repercutir tanto en la frágil moral de nuestro equipo, pero así es este Real Madrid. Un poco como Pablo Iglesias: puño de hierro y mandíbula de cristal. A partir de ese momento, y aún más con el 2-0 (también fruto de otra jugada aislada, el Wolfsburgo jamás pretendió nada parecido a imponer su juego, se limitó a estar ordenado y a aprovechar... ¿adivinan qué?) el Madrid perdió las formas como Pipi Estrada en un reservado. Draxler hizo lo que quiso con Danilo, más Dañino que nunca. Zidane no supo corregir este desequilibrio, quizá porque las vías de agua abundaban: toda la defensa era un flan, el comodín de Marcelo restaba, y la BBC no estaba dispuesta a ayudar al medio dos partidos seguidos. Únicamente Bale se obstinaba en ganar el partido, tan voluntarioso como náufrago. Entre tanto, el desorden. Presiones individuales, pérdidas, falta de ideas... Isco salió en la segunda parte, y dio un pase a Cristiano que pudo ser el 2-1 y ahí se quedó, en el limbo metafísico de los poetas. Poetas muertos.
El Wolfsburgo no fue exigido a un derroche de entrega. Serio, ordenadito, e incluso punzante cuando sus limitaciones se lo permitían, castigando la horrible actuación de nuestros laterales. El Marca ya había repescado el titular de siempre cinco minutos antes de que pitara el árbitro. Sabemos lo que toca: Juanito, etcétera. Quiá. A esta altura en el cruce del río, ya no podemos cambiar de caballo. La única posibilidad del Madrid es salir decidido, sí, pero, sobre todo, atento a los detalles.