Comentábamos el otro día la efectividad que demuestran determinados discursos, no muy rigurosos desde el punto de vista intelectual, a la hora de arrastrar gente sin la necesidad del penoso trabajo, tan lento y poco agradecido, de la concienciación, la explicación racional y la pedagogía. La patria, el afecto por el terruño, la inmigración, los sueldos de los políticos, la paz en el mundo como coartada para no hacer nada en política exterior, el antisemitismo, los burócratas que nos suben los impuestos, la pérdida de nuestros supuestos valores, la seguridad, el asamblearismo y la transparencia total... de distinta naturaleza, todos son banderines de fácil enganche. Sabemos que los partidos que aspiran a gobernar tienen que tener en cuenta la naturaleza de show de la sociedad de la hiperinformación, y por supuesto han de ser didácticos y a la vez cercanos en el ámbito emotivo. Pero insistía en la idea de que no pueden quedarse ahí, tienen que aportar un sustento ideológico que constituya un núcleo conceptual más allá de las formas. Una cosmovisión que sea su brújula, y que les permita "orientar" ligeramente al pueblo si es preciso. Siempre desde la persuasión, por supuesto.
La tentación populista es grande. Consigue, como ya digo, adhesiones muy fuertes sin necesidad de estructurar discursos complejos. Pero esa ventaja cortoplacista tiene consecuencias negativas a medio plazo. Asumir que el debate ha de realizarse exclusivamente en esos términos nos coloca en terrenos donde cualquiera puede llegar muy alto sin tener un corpus intelectual suficiente, o, peor aún, sin que se le vean las costuras más sucias. La postura antiinmigración es un hongo que ha florecido en Europa de manera extraordinaria: Le Pen, el movimiento Pegida en Alemania, Farage y el UKIP... Un eslogan sencillo y ahí tienes millones de votos. ¿Cómo contrarrestarlo? ¿Quién puede colocar esa idea frente al espejo de la complejidad, cuando se ha aceptado que la batalla va de "zascas" y de pensamiento frágil, perdón, fácil?
"Sí, sí, eso está muy bien, pero a ver quién es el guapo que renuncia a una forma efectiva de conseguir votantes si la alternativa es tan costosa". Quizá haya que concienciar en que determinadas estrategias no sólo pueden ir en contra de la sociedad en el medio plazo, sino incluso en contra de los ejecutores.
Durante la legislatura de Obama, el partido Republicano se dedicó a cultivar un movimiento populista llamado Tea Party. El nombre tiene reminiscencias de la revolución americana (ya conocéis el mito de que Estados Unidos se creó cuando Inglaterra les quiso imponer un impuesto al té: todas las naciones surgen de un ens roben particular), y sus postulados no pasan de consignas baratas: los impuestos son un robo, el sueño americano se está destruyendo por ese peligroso socialista de Barack, hay que recuperar los valores conservadores... Todo ese discurso, aglutinador de mayorías, ha terminado por confluir en un candidato histriónico llamado Donald Trump, que es favorito en las primarias y que, si triunfa, me temo acabará con las esperanzas del GOP de llegar a Washington. Los peligros del populismo son paradójicos.