Andaba ayer cabreado por los resultados de la elecciones americanas. La mala noticia de la victoria de Donald Trump se veía empeorada por el asedio constante a mi Whatsapp de amigos prorrusos que celebraban sin recato el retroceso yankee, con chistes que los inhabilitarían para ser concejales. Cuando puse la tv a la hora de comer, casi me atraganto con la opinión dominante de los expertos (¡ah, esos expertos que se afanaban en explicar los motivos y causas de un suceso que habían afirmado que jamás sucedería!). Se ha consolidado ya un relato según el cual una marea enorme de blancos, la clase obrera industrial principalmente, acudió en masa a las urnas a votar contra el establishment encarnado en la persona de Hillary Clinton. Y esa oleada de las clases bajas de color blanco le dieron la victoria a Trump.
Hastiado de la cantinela, tiré el tenedor al fregadero y cogí el portátil. Me puse a mirar datos, y, sin ser aún los oficiales (con lo que todo lo que digo debe tomarse con cautela aún), mis conclusiones son algo más matizadas: las causas del suceso son miles. Imposibles de desentrañar con un mínimo de rigor. Desde los desencantados por las artimañas en las primarias que se cargaron a Sanders (no sé si el bueno de Bernie hubiese sido competitivo, pero era mi candidato), a los negros que se quedaron en casa porque no es lo mismo confiar en "uno de los suyos" que en alguien de la familia Clinton, pasando por todos los que efectivamente no quisieron votar a la candidata de Wall Street (¿hasta qué punto la cuasi unanimidad mediática en su favor realmente favoreció a Hillary? ¿Acaso no reforzó su faceta de vieja conocida?)... En cualquier caso, recordé el debate que se tuvo hace poco en este nuestro bar, acerca de la posición de los votantes progresistas en unas elecciones.
La antigua sentencia de los politólogos: "si no te sientas a la mesa, eres parte del menú".