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viernes, 2 de octubre de 2015

La batalla de Pidna

Cuando Perseo, gracias a sus intrigas, consiguió acceder al trono de Macedonia en el año 179 a. C., la República de Roma supo que tenía un problema. El nuevo rey de los macedonios tenía ambiciones expansionistas sobre Tracia (territorio que ocupa lo que hoy sería el noreste de Grecia, el sur de Bulgaria y la parte europea de Turquía) y estaba obsesionado con honrar la tradición conquistadora del pasado glorioso de su pueblo, cuyo máximo icono era la figura de Alejando Magno. Así, comenzó una campaña de hostigamiento que culminó con el estallido de la Tercera Guerra Macedónica.

Después de muchas derrotas debidas a la torpeza de unos cuantos cónsules ineptos, la República de Roma nombró como cónsul a Lucio Emilio Paulo. Se trataba de un hombre cabal de 60 años, que había combatido en Hispania y con un marcado sentido del honor. En el 168 a. C. llegó a la base romana en Elpeo  y comprobó que las tropas se dividían en desmoralizados y ociosos. Durante esa primavera se esforzó en espabilarlos, y apenas llegó el verano, el 22 de junio, se las vio con Perseo en la batalla de Pidna.

Los macedonios no tenían el prestigio luchador de los romanos, algo realmente injusto. Avanzaban en perfecta formación de falange, con unas lanzas de 7 metros que hicieron retroceder a los legionarios. El empuje macedonio llevó a los soldados de LEP a los pies del monte Olocrus. Desesperados, tuvieron que continuar en su marcha atrás, obligados a subir de espaldas por aquellos pedregosos terrenos. La situación era desesperada cuando Salvio, uno de los comandantes romanos más astutos, se acercó al cónsul y le explicó que la solución pasaba por hacer de la necesidad virtud. Es decir, por usar el terreno a su favor.

Y en efecto, el accidentado escenario hizo que la perfecta formación en falange de los macedonios abriera unos pocos espacios. Lucio Emilio Paulo no lo dudó, y mandó a sus hombres a que se colaran en aquellos huecos y tiraran de espada corta de doble filo. La táctica fue un éxito. Perseo no daba crédito a lo que había sucedido. La escabechina macedonia fue terrible. 20.000 muertos en el bando macedonio, menos de 1.000 en el romano. Los combates aislados de cada legionario en su hueco decidieron la batalla de Pidna, y, como consecuencia, la Tercera Guerra Macedonia y el dominio romano en todo el Mediterráneo. Habían ganado los individuos frente al bloque, el talento adaptativo de la inspiración frente a la disciplina férrea del conjunto. 




Ojalá este domingo, en el Calderón, pase lo mismo.