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lunes, 29 de enero de 2018

Trump es del Manchester United

Dice esta noticia de as.com que Donald Trump se ha confesado seguidor, por amistad con el dueño, del Manchester United.

Esto... esto...

¿TE DAH CUEN?

martes, 17 de enero de 2017

La internacional neoconservadora

Los movimientos izquierdistas del XIX y el XX constituyeron a lo largo de esos siglos una serie de organizaciones que recibieron el nombre de "internacionales". Baste la denominación para mostrar el histórico universalismo de la izquierda, que siempre pretendió no dejar a nadie atrás, con independencia de su lugar de origen. Aunque las confluencias reflejaron también uno de los males endémicos del rojerío: su constante división. 

La Primera Internacional (1862-1876) puso de manifiesto la incompatibilidad entre marxistas y bakuninistas. La Segunda Internacional (llamada Socialista, 1889-1914) evidenció las contradicciones entre el Estado nación y el internacionalismo obrero, terminando con la separación entre socialistas reformistas y socialistas revolucionarios. La Tercera Internacional (Komintern, ¿os suena? De 1919 a 1943), acogió a los socialistas revolucionarios (ya autodenominados comunistas), y la división se produjo entre los partidarios de la burocratización absoluta (estalinistas) y los opuestos a esta doctrina por ser un instrumento falsamente internacionalista, mera correa de transmisión de los intereses soviéticos (trotskistas). La Cuarta Internacional, fundada en 1938 por Trotsky, pretendía establecer un internacionalismo real ("la revolución será global, o no será") y no secuestrado por los intereses de ninguna potencia, al mismo tiempo que defendía el "entrismo": introducir trotskistas en los partidos socialdemócratas herederos de la II y en los partidos comunistas de la III para atraerlos a posiciones de la IV.  Tras el asesinato del ucraniano, las posibilidades políticas reales de la Cuarta Internacional se diluyeron como un azucarillo.

Desde entonces, voces minoritarias en el indescifrable mosaico que es la izquierda en el siglo XXI han defendido la necesidad de una Quinta Internacional reconocida como tal. No obstante, el destino ha querido que las condiciones para la generación de una alianza supranacional tengan un color político muy distinto. Episodios como la victoria de Donald Trump, la popularidad incontestable de Vladimir Putin en Rusia, la deriva económico social del Partido Comunista Chino, el auge del Brexit y otros movimientos de similar carácter en el seno de Europa... convierten en más plausible el establecimiento de un orden denominado neoconservador (autoritarismo estatal combinado con competitividad fiscal a ultranza) que la tantas veces esperada opción izquierdista.

Entre medias quedan proyectos como la Unión Europea. La UE tiene males propios repetidamente enumerados: dominio del método intergubernamental para la toma de decisiones importantes frente al más democrático Parlamento, instituciones y reglamentos pensados para tiempos de bonanza, y decepcionante reparto de competencias y soberanías, contando con una unión económica pero no fiscal. Ese eterno permanecer en tierra de nadie (solidaridad sí, pero limitada; defensa de los derechos humanos en teoría, pero bajándose los pantalones si toca; a favor de la integración, pero antes de cada paso mil miramientos) impide que sea considerada una bandera del todo creíble para el progresismo. Y sin embargo, habida cuenta de lo que hay alrededor (y las alternativas que las ratas proponen, con desvergüenza, en su mismo corazón geográfico) el papel le ha sido asignado. Si asumirá la circunstancia (con todas las contradicciones inevitables) o se sumará a la marea de decepciones, está por ver. No soy optimista, pero quién sabe.

El papel de la izquierda en la defensa de los principios del castillo europeo también resultará fundamental. En nuestro país hay un cierto consenso europeísta (probablemente heredado del antifranquismo: "España como problema, Europa la solución"), pero en el resto del continente la cosa no está tan clara. Descontada la enésima traición del laborismo británico (suerte a esos lexiters que creen poder obtener una hegemonía de izquierdas en un proceso abiertamente reaccionario), habrá que conseguir coaligar a los fuertemente europeístas con los que, de una manera a mi juicio demasiado naif, pretendían desmontar la UE para reconstruir otra, más ambiciosa socialmente desde el comienzo. Y quitarle la careta a los nacionalistas, claro, cada vez más envalentonados por el terrorismo internacional, que consideran da alas a sus argumentos.

La empresa es colosal y los mimbres escasos y contradictorios. ¿Cómo impedir la caída en el desánimo? Insistiendo en que la alternativa es la victoria de la Quinta Internacional, que se ha constituido de una manera muy diferente a lo históricamente pergeñado




PD: el día 24, Oriol Junqueras y Carles Puigdemont defenderán el referéndum de autodeterminación catalana en el Parlamento Europeo. Se produce aquí una paradoja interesante. Muchos independendistas, sobre todo los que vienen de una tradición de izquierdas, compran a pies juntillas el discurso de que defender la soberanía catalana por encima de la española es defender la democracia. Se ven, por decirlo de una manera un tanto frívola, como "los buenos de la película". Pero la mejor manera de obtener la independencia, desde el punto de vista pragmático, sería aprovechar el contexto actual y aceptar que su discurso, donde verdaderamente encaja como un guante, es en "el otro lado". El lado del repliegue nacional, sea por razones económicas (la Liga Norte) o por razones identitarias (los Verdaderos Finlandeses), o por las dos (Donald Trump, Nigel Farage). Asumir esta cercanía, si no moral, al menos de intereses, no sólo aumentaría sus posibilidades reales, sino que añadiría honestidad al debate. Mucho me temo que en el corto plazo no van a dar ese paso decisivo. Uno de los principales rasgos de nuestro tiempo, caprichoso, egoísta y banal, es querer una cosa y su contraria. Irse de putas y conservar la virtud. La vida desenfrenada, con red de seguridad.

jueves, 10 de noviembre de 2016

Trumpazo

Andaba ayer cabreado por los resultados de la elecciones americanas. La mala noticia de la victoria de Donald Trump se veía empeorada por el asedio constante a mi Whatsapp de amigos prorrusos que celebraban sin recato el retroceso yankee, con chistes que los inhabilitarían para ser concejales. Cuando puse la tv a la hora de comer, casi me atraganto con la opinión dominante de los expertos (¡ah, esos expertos que se afanaban en explicar los motivos y causas de un suceso que habían afirmado que jamás sucedería!). Se ha consolidado ya un relato según el cual una marea enorme de blancos, la clase obrera industrial principalmente, acudió en masa a las urnas a votar contra el establishment encarnado en la persona de Hillary Clinton. Y esa oleada de las clases bajas de color blanco le dieron la victoria a Trump.

Hastiado de la cantinela, tiré el tenedor al fregadero y cogí el portátil. Me puse a mirar datos, y, sin ser aún los oficiales (con lo que todo lo que digo debe tomarse con cautela aún), mis conclusiones son algo más matizadas: las causas del suceso son miles. Imposibles de desentrañar con un mínimo de rigor. Desde los desencantados por las artimañas en las primarias que se cargaron a Sanders (no sé si el bueno de Bernie hubiese sido competitivo, pero era mi candidato), a los negros que se quedaron en casa porque no es lo mismo confiar en "uno de los suyos" que en alguien de la familia Clinton, pasando por todos los que efectivamente no quisieron votar a la candidata de Wall Street (¿hasta qué punto la cuasi unanimidad mediática en su favor realmente favoreció a Hillary? ¿Acaso no reforzó su faceta de vieja conocida?)... En cualquier caso, recordé el debate que se tuvo hace poco en este nuestro bar, acerca de la posición de los votantes progresistas en unas elecciones. 

La antigua sentencia de los politólogos: "si no te sientas a la mesa, eres parte del menú". 




miércoles, 10 de febrero de 2016

Los peligros de una estrategia populista

Comentábamos el otro día la efectividad que demuestran determinados discursos, no muy rigurosos desde el punto de vista intelectual, a la hora de arrastrar gente sin la necesidad del penoso trabajo, tan lento y poco agradecido, de la concienciación, la explicación racional y la pedagogía. La patria, el afecto por el terruño, la inmigración, los sueldos de los políticos, la paz en el mundo como coartada para no hacer nada en política exterior, el antisemitismo, los burócratas que nos suben los impuestos, la pérdida de nuestros supuestos valores, la seguridad, el asamblearismo y la transparencia total... de distinta naturaleza, todos son banderines de fácil enganche. Sabemos que los partidos que aspiran a gobernar tienen que tener en cuenta la naturaleza de show de la sociedad de la hiperinformación, y por supuesto han de ser didácticos y a la vez cercanos en el ámbito emotivo. Pero insistía en la idea de que no pueden quedarse ahí, tienen que aportar un sustento ideológico que constituya un núcleo conceptual más allá de las formas. Una cosmovisión que sea su brújula, y que les permita "orientar" ligeramente al pueblo si es preciso. Siempre desde la persuasión, por supuesto.

La tentación populista es grande. Consigue, como ya digo, adhesiones muy fuertes sin necesidad de estructurar discursos complejos. Pero esa ventaja cortoplacista tiene consecuencias negativas a medio plazo. Asumir que el debate ha de realizarse exclusivamente en esos términos nos coloca en terrenos donde cualquiera puede llegar muy alto sin tener un corpus intelectual suficiente, o, peor aún, sin que se le vean las costuras más sucias. La postura antiinmigración es un hongo que ha florecido en Europa de manera extraordinaria: Le Pen, el movimiento Pegida en Alemania, Farage y el UKIP... Un eslogan sencillo y ahí tienes millones de votos. ¿Cómo contrarrestarlo? ¿Quién puede colocar esa idea frente al espejo de la complejidad, cuando se ha aceptado que la batalla va de "zascas" y de pensamiento frágil, perdón, fácil? 

"Sí, sí, eso está muy bien, pero a ver quién es el guapo que renuncia a una forma efectiva de conseguir votantes si la alternativa es tan costosa". Quizá haya que concienciar en que determinadas estrategias no sólo pueden ir en contra de la sociedad en el medio plazo, sino incluso en contra de los ejecutores.

Durante la legislatura de Obama, el partido Republicano se dedicó a cultivar un movimiento populista llamado Tea Party. El nombre tiene reminiscencias de la revolución americana (ya conocéis el mito de que Estados Unidos se creó cuando Inglaterra les quiso imponer un impuesto al té: todas las naciones surgen de un ens roben particular), y sus postulados no pasan de consignas baratas: los impuestos son un robo, el sueño americano se está destruyendo por ese peligroso socialista de Barack, hay que recuperar los valores conservadores... Todo ese discurso, aglutinador de mayorías, ha terminado por confluir en un candidato histriónico llamado Donald Trump, que es favorito en las primarias y que, si triunfa, me temo acabará con las esperanzas del GOP de llegar a Washington. Los peligros del populismo son paradójicos.