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viernes, 22 de mayo de 2015

El día en que volvimos

Cuando un halo de luz entra en el calabozo, me arrebujo en el jergón de tela que me sirve de manta. Dos aguerridos carceleros se aproximan, la expresión pétrea y las llaves tintineando, y me incorporan de un modo poco sutil. Me sacan a patadas al pasillo y caminamos por un lóbrego corredor hasta llegar unas escaleras. Conozco el camino y sé lo que me espera, pero es inútil resistirse. Una vez en la sala de torturas, me atan a los grilletes que cuelgan del techo y el más corpulento de mis captores empuña el látigo con una sonrisa cruel. ¡ZAS! ¡ZAS! ¡ZAS! ¡ZAS! ¡ZAS! ¡ZAS! ¡ZAS! ¡ZAS! Ocho silbidos, ocho gritos, ocho carcajadas. Ocho mensajes que me recuerdan quién soy y cuáles son mis límites. Veinte años así, hago el recuento mientras vuelvo a mi celda.


...


Estamos en el tercer cuarto. El Madrid se ha logrado despegar en el marcador de la bestia de cabezas infinitas merced a la fulgurante salida de Nocioni, el oficio y el acierto de Maciulis y las adrenalínicas carreras de Llull. Pero los griegos se palpan la ropa y se remangan. Un parcial de 12-0 da la vuelta al electrónico hasta un 40-41. Los nervios atenazan a todo el banquillo madridista, y Rodolfo es un flan. Ni Reyes ni Ayón ni el supuestamente hipermotivado Bourousis (te luciste, Iturriaga), ni Chacho siquiera. Nadie parece contar con la confianza suficiente.

Entonces aparece el mormón. En dos ocasiones está a punto de trastabillarse con el bote, sempiterno problema de su técnica como jugador, pero en ambas se repone y lanza. También lo hará una tercera, esta vez de forma más limpia. Y, en estado de gracia, a pesar del punteo, el aro es una piscina para Jaycee Carroll.


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Dolorido en el camastro, me despiertan unos ruidos en la pared. Al principio creo que es mi imaginación, pero de repente una arenilla me toca la nariz. Escucho varios crujidos, y me levanto de un salto justo a tiempo. Una de las piedras que conforman la pared cae aplastando mi cama, y mis ojos se abren como platos al contemplar cómo una huesuda figura se arrastra al interior de mi celda. Se trata de un anciano de larga barba que parece tan asombrado como yo.

-No puede ser... Si estaba seguro de mis cálculos... No puede ser... Doce, doce años... Cavando ese túnel.


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El partido va transcurriendo, y aunque el Olympiacos no termina de despegarse como un chicle a la suela, el equipo madridista ha cogido ritmo anotador. Los Sergios han entrado en el partido, el tirón de Carroll ha abierto hueco y Andrés Nocioni pone su veteranía y su mala leche al servicio de todos, tapando cada hueco que atisba. Slaughter juega muchos minutos, pero sube el nivel defensivo y hasta se permite un gancho de bandera. El rebote se controla tanto ofensiva como defensivamente, y las faltas de Ayón y Reyes son una mera anécdota. La afición canta y a mí se me caen dos lágrimas...


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El anciano acepta mi consuelo, y me cuenta su historia. A él le daban nueve latigazos, en vez de ocho. Durante doce años. Su condena acabó en mayo del año pasado, pero tantos golpes lo dejaron desorientado de por vida. Incapaz de vivir fuera de allí, había aceptado quedarse en la celda, con su jergón y con un mohoso plato de eliminatorias perdidas. Un año después, su vida transcurría como si su amnistía jamás hubiera sucedido.

Horrorizado, me incorporo y me digo que eso no ha de pasarme a mí. En ese instante, se escuchan unos pasos y la puerta vuelve a abrirse. La habitación se inunda de una blanca luz y caigo de rodillas ante el rostro que aparece. Por fin. Estoy salvado.