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sábado, 12 de septiembre de 2015

Goleada en Cornellá

El fútbol provoca situaciones curiosas, como que el día posterior a la Diada Cristiano Ronaldo salga a hombros de Barcelona. El espectáculo hubiese resultado más fuerte en el Camp Nou, no cabe duda ("El Real Madrid es una máquina de fabricar independentistas", mi generosidad le hubiera ahorrado el trabajo al redactor de (la Van)guardia), pero también en la curva de los radicales del Espanyol había esteladas blanquiazules. Al lado, por cierto, de alguna rojigualda. Al fin y al cabo, la estulticia emotiva es transversal.

Cinco goles como cinco soles, y aún se enfadó el portugués cuando erró el séptimo tanto a escasos minutos del final (Benítez pensó que mejor no meneallo, y el librillo de las rotaciones quedó para mejor ocasión de lectura). Hay una corriente de madridistas que abogan por venderlo, y quizá tengan razón, pero a mí me educaron para no levantarme de la mesa hasta haber apurado el plato (consejo que llevé a otros ámbitos de mi vida, como el de las mujeres). Que Cristiano no vaya a pasar de los 50 goles esta temporada es sólo una opinión, de momento más audaz que obvia.

El equipo españolista fue más blando que una mierda de pavo (premio a quien me adivine al autor de esta metáfora, a ver si hay huevos esta vez, Azteca), hay que reconocerlo, pero los deméritos rivales no impiden disfrutar con los arrastres en corto de Modric, las arrancadas de Carvajal, el descaro de Luquitas Vázquez o los bombones de Benzemá. Disfrutar del camino, lo llaman en los sobres de azúcar. El partido se acabó mucho antes, con el 0-2. Qué bueno que regresó la liga.